Metodología de un cuento
Los perros de la calle ladraban y el viento soplaba como si quisiera derribar todo a su paso, había un constante movimiento a su alrededor y el autor ni se inmutaba. Fumaba un cigarrillo apenas amanecía, eso significaba que aún no había escrito, su libreta sobre el buró de noche se hallaba ausente de palabras. Tantas historias rondando por su mente y nada bueno por contar, al menos eso pensaba.
El humo danzaba con el viento, fugaz y sin forma, igual a sus ideas. Quizá deba ser más rápido para escribir, quizá deba levantarse de ese sillón suyo, quizá y solo quizá deba vivir.
Quería
escribir un cuento, pero no uno cualquiera, había que romper el molde, plantear
una extrañeza en la narración. Trataba de desvelar
el secreto para la fórmula,
pero ni los sueños más secretos,
ni sus experiencias, ni sus millones de lecturas le daban sentido a una
oración. Solo escuchaba el sonido del
lápiz al contacto con el papel, imaginando cuáles serían esas palabras escritas.
Existe
un príncipe en ese mundo imaginario, uno tan rebelde como el autor, pero lleno
de secretos y penas. Aunque únicamente se conoce la mitad de su historia, el motivo de sus penas es un misterio incluso para el autor
mismo, como si el personaje fuera más allá de los límites textuales
del cuento. Pensar en su construcción representaba un sin fin de desvelos
para el autor.
- ¿Será bueno
dejar indeterminaciones? -El autor lo pensaba como plan Z.
- ¿Es que acaso me has olvidado? -le gritaba al autor sin obtener respuesta- Déjame ser yo quien escriba.
El cigarrillo seguía sin terminarse, pero ¡ah cómo lo disfrutaba! Con solo unos cuantos manotazos la sombra se desvanecía junto con el humo. ¡Qué divertido es jugar!
Vio las llaves de la casa, decidió tomar su bolígrafo y libreta. Partiría a dar una caminata.
-Si vamos a explorar -hablaba la voz del príncipe- Cámbiate esa pijama.
El autor suspiró y cerró la puerta sin hacer caso, a tales horas de la mañana todo el mundo se encontraba en una oficina, no al aire libre. Sus pasos eran vagos pero firmes, si no sabía a dónde se dirigía con exactitud, no había razón para que los demás se dieran cuenta. El sonido del agua parecía llamarlo, cerca había un puente que cruzaba un río, el autor pensó que sería un buen lugar para comenzar. Al acercarse el sonido resonaba con mayor fuerza, el desnivel de las rocas ayudaba a provocar el eco. Se detuvo a medio puente para admirar la irregularidad del camino, había escuchado que el agua provocaba una fluidez en la memoria, quizá las aguas del puente le den memoria al príncipe. La sombra apareció de nuevo, uniforme, formaba la silueta de un hombre joven, se encontraba esperando…
Las pocas personas libres, como el autor, atravesaban el puente a su manera, unos corrían y otros caminaban programados para llegar a algún lugar sin ver el paisaje y sus alrededores.
Una joven tropezó y distrajo la mirada del autor, siguió caminando, fingiendo que nadie la había visto, sin embargo, ella era quien no veía a la persona cerca de ella, el autor comenzaba a observarla. Tenía el cabello negro, suelto y despeinado, corría apresurada quien sabe a dónde, cargaba un par de libros sobre química avanzada, su nariz era afilada y su piel morena, no alcanzó a ver sus ojos. La perdió de vista después de cruzar el puente.
-Así era ella…
El príncipe señalaba el final del puente, comenzaba a mostrar su rostro, tenía los ojos grandes y curiosos, su semblante era de tristeza. El autor abrió su libreta y comenzó a escribir: “El príncipe se enamoró de una bruja, su magia era blanca al igual que su corazón.”
Cerró la libreta, eso era todo por
hoy...
