martes, 13 de noviembre de 2018

Paredes blancas no tan blancas



Por: Yunen Iris H. y Jessi González

Final, ¿realmente se ha marcado? ¿Existe un final? ¿Sigo aquí? ¿Existo realmente? No lo sé, es por eso que me inquieta, es por eso que voy entre los callejones buscando la respuesta.
No hay personas, ni nada conocido alrededor, solo las simples paredes blancas del lugar y los suelos de piedra. Me siento sola, pero sé que no estoy sola, camino lentamente doy tres pasos, no muy grandes para no causar ruido, quiero ser precavida pues no sé qué me espera, no sé si sea el final quien está detrás de la puerta o sea el comienzo, el tiempo me es confuso, pues todo se revuelve. No quiero voltear hacia atrás, me está obligando a cruzar esa puerta… 

Entonces lo pienso, pienso en lo que está por venir, en lo que estoy por conocer, la idea me pone como un vorágine, pero no me da miedo, si lo he pensado es porque quiero hacerlo, y lo haré, ¡abriré la puerta!, Si es el comienzo está bien por mí, y si es el final está bien por mí.
Los callejones comienzan a desvanecerse igual que un cigarrillo consumiéndose, el piso se está acabando, las piedras no son demasiado fuertes para resistirlo, habrá un final para esto, lo cual me indica inmediatamente a por fin abrir esa puerta. La manija en forma de rosa plateada esta fría, después caliente, luego tibia, luego sin siquiera girarla la puerta misma se abre. Entro sin pensarlo, mirando atrás para observar como todo se termina o como todo inicia, creo que ya estoy dentro, pero al parecer solo estoy al principio de la enorme puerta, en mis ojos una especie de aurora boreal no me deja distinguir lo que se encuentra más haya, los colores son fascinantes, tan fascinantes que mi corazón comienza a latir como un ejército en plena guerra, ¿Qué me espera? ¿Qué hay dentro? ¿Estoy muriendo o estoy viviendo? ¿Así se siente vivir al límite? 

Absorbo el aire que puedo en mis pulmones y deseo descargarlo en un grito, pero no lo escucho, mis labios se abren pero mi vos se paraliza, no lo había notado antes pues no había a quien más hablarle, solo puedo escuchar el grito en mis pensamientos, es un grito ahogador, lleno de confusiones y vacío de sentido. Me hago tantas preguntas y ni una sola he podido responder. Mi corazón se detiene, pero en cuestión de segundos este comienza a hacer un torbellino, de nuevo este desastre. Mis ganas de saber que hay detrás de tan maravillosos colores aumenta, quiero preguntar: ¿quién está detrás de ella? pero sigo sin oír mi voz. Cada vez que doy un paso siento que estoy a punto de llagar, comienzo a correr para describirlo, y vuelvo a gritar, esta vez con las mismas fuerzas de un tsunami. 
Hace frío, lo más cálido que puedo sentir son mis lágrimas, pruebo la tenue sal de ellas y me derrumbo allí mismo, estoy sentada recargando mi cabeza en las piernas y cubriendo con mis brazos la unión de ello, por primera vez extraño escuchar los sollozos de un llanto. De mi propio llanto.

-¡Encuéntrame! -habla mi vos pero no fui yo quien lo dijo- ¡Vamos! ¿Qué estas esperando?

Hago un acto de respiración profunda, y me pongo de pie, quiero saber ¿Quién tiene mi voz? ¿Quién me la ha robado? El frío me opaca mis pulmones, estoy cansada, ya no tengo fuerzas para seguir aquí, pero el deseo de volver a oír las palabras saliendo de mis labios, crecen, camino muy agitada, despacio. Y de pronto un frío rosa mis oídos diciéndome

-¡Aquí me tienes! -Es mi voz.

Doy la vuelta, la aurora en mis ojos desaparece, estoy por ver a aquel ladrón de mi voz, lo último que veo es un reloj. Un reloj de bolsillo transportándose en un parpadeo a la palma de mi mano, de repente las manecillas se retroceden y al mismo instante se adelantan, el reloj no puede soportarlo, después de un rato termina por destrozarse, dejando los vidrios rotos congelados en el viento, justo antes de llegar aquellos vidrios a mis ojos, las luces se apagan. ¿Fue el final? O ¿fue el comienzo?

Poco a poco la luz vuelve a mis ojos, esta luz es real. Perdí la noción del tiempo mientras el tintero se quedaba sin tinta, perdí la noción del tiempo mientras hacía de las hojas blancas un mar de palabras. En mi escritorio solo esta esa vela que me acompaña, la mecha comienza a bailar sin siquiera haber música, las hojas en mi mano derecha se encuentran arrugadas, desgastadas, y un poco manchadas de agua salada. Mis manos también se encuentran salpicadas de tinta, si fuera tinta roja diría que es sangre, pero solo es tinta negra como la noche que me acompaña, incluso la noche tiene más luz que esta y ellas juntas tienen más luz que mi alma.

Decido por fin, cambiar todo esto, de mis dos opciones he elegido una sola. Acerco las hojas de mi mano a la flama de la vela, observo como se queman sutilmente esos juegos de palabras, lo último que se quema son las dos primeras palabras con la que inicie el texto “paredes blancas”.


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