lunes, 27 de marzo de 2023

Dile...

 Si él pregunta por mi... dile que me tiene hechizada, que mi plática favorita comienza con su nombre y se explica con el apodo que le dimos mis amigas y yo.

Si él pregunta por mi... dile que lo busco todas las noches en mis sueños, esperando encontrarlo en nuestros mutuos anhelos.

Si él pregunta por mi... dile que tengo miedo... miedo de amarlo y de perderlo, pues me han roto el corazón en mil pedazos y es muy difícil para mí aceptar a una persona aún desconocida.

Dile... que a veces no sé cómo expresarme y quisiera decirle una infinidad de sentimientos aunque a veces los calle, pero no porque no confíe en él... sino por mis propias inseguridades.

Dile... que desde que lo conocí él ha sido la inspiración de mis letras e historias, pues he querido escribir con mayor frecuencia desde que intercambiamos ideas y quizá sentimientos.

Dile... que lucharé por él, que quiero conocerlo más y que quiero arriesgarme con él... dile... 


martes, 14 de febrero de 2023

El último suspiro

Cuando era joven mi padre decía que solo podría jugar con los humanos que tuvieran el último suspiro. Recuerdo que en esos tiempos yo pensaba solo en juegos y en tener amigos, pues no entendía las implicaciones de mi trabajo y padre no se preocupó por explicarme. Supongo que esperaba que comprendiera las cosas por mi cuenta...

    Por lo general nunca tenía una hora definida al salir de tierras sagradas, todo dependía en ese entonces de los permisos de padre. Mis horas preferidas son las cercanas del ocaso, aquellas en donde los humanos duermen con tranquilidad y en donde sé que algunos despertarán. A veces paseo por las calles para observarlos, siempre al salir de noche me encuentro con accidentes o situaciones naturales en el ser humano que marcan su fin. Algunos de ellos duermen al instante, profundamente, otros luchan por seguir despiertos; pero nunca logran verme hasta encontrarse entre el sueño y el despertar.

    Pasear por los parques representaba una aventura completa. Recuerdo una vez cuando conocí a un viejo vagabundo en una noche nevada. Aquella persona tosía mucho por el frío, así que le ofrecí jugar a la pelota para que entrara en calor y que no estuviera solo.

    -Gracias pequeño, ¿cómo te llamas? -Preguntó un tanto pensativo.

    -Mi nombre es Azrael -Le respondí.

    -Bien Azrael, me gustaría jugar un poco.

    Mientras jugábamos el viejo sonreía y corría como podía tras la pelota, yo hubiera ganado de no haberme distraído al admirar su felicidad. Esa noche el humano me dijo que se sentía más vivo que nunca y no paramos de jugar hasta el amanecer.

    Recuerdo que, en las primeras horas de la mañana, el viejo se recostó en una banca del parque para dormir un poco. Justo antes de cerrar sus ojos me agradeció por haberlo acompañado y entonces, me quedé a su lado durante cinco minutos hasta que un policía del lugar se acercó a él mientras dormía.

    -Él está bien -Le dije, pero no parecía verme o escucharme siquiera.

    -Central -Hablaba en su radio- Necesito apoyo. Un hombre en el parque permaneció dormido en las bancas mientras la nevada ocurría…

    Sabía que mi amigo estaba bien, pero no podría explicarle al humano que ya no despertaría en este mundo.

    Así eran mis días y noches, tan rutinarios como interesantes. Siempre había alguien con quien jugar, sin embargo, lo único que me entristecía de conocer a mis compañeros de juego era que verlos implicaba la llegada de su descanso eterno. Cuando llega el fin tienen ese último suspiro: cierran los ojos, respiran profundamente y se van sin más, permanecen tranquilos, esperando descansar.

    Pasear por los hospitales es algo muy común para mí, allí casi todos los humanos pueden verme, por lo que nada me sorprendía de esos lugares. Pero nunca olvidaré el día que la conocí. Recuerdo que era una niña de largos risos obscuros, piel morena y ojos grandes. Cuando la vi entrar al cuarto del hospital me pregunté: ¿Qué hacia allí? Es muy joven para estar aquí…

    Podría decirse que en ese tiempo yo también era un niño, me daba curiosidad el mundo donde trabajo. La primera vez que ella me vio se asustó de mis alas y mi pálida piel, decía que no había niños como yo en su escuela o en el mismo hospital, pero aun así me siguió hablando.

    -Me llamo Micte, ¿quién eres tú?

    -Yo soy Azrael.

    Ella había llegado al hospital por un defecto genético que tenía, sus huesos eran frágiles como el cristal y, aun así, seguía siendo una niña con ganas de descubrir el mundo, como yo. Su enfermedad había empeorado con el paso de los años, no podía moverse con facilidad, si trataba de hacer un movimiento brusco sus huesos quedarían igual que polvo. Ese primer día que hablé con ella descubrí que tenía sueños como nadar en el mar o volar en helicóptero, también soñaba con ser un ave para poder viajar y descubrir cosas nuevas. Por eso le gustaban tanto mis alas, ella quería tener unas iguales.

    Cuando Micte me dijo la primera vez que iría a dormir temí que no despertara, pero después de unos minutos cuando sus padres la vieron, ella se encontraba solo en el sueño nocturno, donde seguro despertaría al día siguiente en este mundo. Esa noche no quería irme del hospital, pero debía regresar con padre para darle el reporte de cuantos humanos había conocido. Muchos de ellos eran mayores o adultos jóvenes con problemas del corazón o alguna otra enfermedad y aunque los accidentes nunca me atraían también se presentaban.

    -Padre, ¿por qué Micte si pudo verme? -Le pregunté curioso- Ella no ha dado el último suspiro.

    -Lo hará -respondió sin dudar- pero tú debes guiarla.

    Tuve miedo al escuchar sus palabras y, por primera vez, deseé que esa humana no tuviera el último suspiro, ella tenía tantos sueños por cumplir…

    Durante la siguiente semana seguí con mi trabajo, jugaba con los humanos antes de que durmieran eternamente y obtenía de ellos una sonrisa sincera. Después de eso visitaba a Micte, pues ella me esperaba con ansias. Decía que sus papás me llamaban su “amigo imaginario”, ya que no le creían sobre mi existencia y además no consideraban posible ver un niño como yo en los pasillos.

    -Tus papás algún día verán a alguien como yo -sonreí con ilusión- padre dice que todos los humanos nos ven en su último suspiro.

    A Micte le emocionó mi comentario, tanto que me preguntó:

    -Cuando ellos te vean ¿los llevarás a donde yo esté?

    Entonces algo en mi interior se rompió, ella sabía que su hora se acercaba. Yo quería que sucediera, sin embargo, no la dejaría sola cuando el momento llegara.

    -Los llevaré de inmediato cuando eso pase -Le dije.

    Esa niña me enseñó muchas cosas en una semana: conocí su mundo, sueños e ilusiones y una forma diferente de entender a los humanos. Gracias a ella aprecié lo importante que es la vida antes de dormir por siempre. Es algo que se debería disfrutar, todos tenemos un tiempo para gozar de ella y aunque muchos la desperdician otros tratan de aprovecharla. No había pensado lo difícil que es para los humanos enfrentarme, o en la función de mi trabajo, hasta que una humana como ella apareció en mi existencia.

    La última vez que vi a Micte con vida se encontraba más feliz que de costumbre, expresaba una sonrisa y una tranquilidad incomparable. Ella sentía que sus huesos no se romperían de nuevo, se sentía con las fuerzas suficientes para caminar y me pidió que saliéramos al jardín cercano para jugar, ver las flores o las aves del lugar. A la primera que pudo se echó a correr durante horas hasta ya no poder más. 

    Cuando la noche llegó Micte comenzó a sentirse cansada. Con mucho temor la acompañé a su cama, ella me pidió que la esperara después de dormir.

    -Gracias por ser mi amigo y acompañarme en mis juegos.

    Fueron sus palabras antes de cerrar los ojos. El viento sopló con suavidad y movía las cortinas lentamente mientras Micte dormía. Momentos después ella respiro profundamente y en su último suspiro una sombra de luz tenue se apartó de ella; las maquinas alrededor de su cama comenzaron a sonar con fuerza y las enfermeras entraron apresuradas a la habitación. Ella no despertaría más en este mundo…

    Sus padres llegaron desconsolados, todos miraban el pequeño cuerpo de cristal, a pesar de sentir que estaban preparados para ese momento se sentían desconsolados por la partida de su pequeña hija. No tuve que hablarles e intentar ser visto por ellos para decirles que ella estaría bien, por alguna razón ya lo saben o al menos eso parecía. Sin saber qué más hacer, recuerdo haber salido del hospital para ir con padre. Tal vez los familiares de Micte ya estaban preparados para su partida, pero yo no lo estaba.

    Lloré por unos largos minutos fuera de ese hospital, pensando en cómo volverla a ver, hasta que una niña de piel morena y risos obscuros se sentó a mi lado en las escaleras del lugar. Era ella. Mis apreciaron por primera vez su nueva imagen, Micte ahora tenía unas grandes alas, me esperaba para que yo la guiara en nuevos mundos. Fue casi increíble ver en ella cuan vivo puedes estar después de morir; la abracé con fuerza, la tomé de la mano y juntos caminamos a las tierras sagradas, donde padre nos esperaría.

    Ella viviría conmigo desde ese entonces para cumplir sus sueños y yo seguiría siendo su amigo por toda la eternidad…



lunes, 23 de enero de 2023

El amante de la musa

 

El amante de la musa

Hace falta indicar que el acto de creación no nace solo con tener a la musa del lado, susurrando al oído, la situación se puede dar de múltiples maneras. He aquí una pequeña historia que podría servirle de ejemplo al lector, por si este desea alguna vez encontrarse con alguna de ellas:

Érase una vez un escritor que vivía no más lejos de los confines de su pequeño y gran mundo inconsciente. Este mundo se encontraba oculto incluso para él mismo, provocando que se sintiera perdido y desahuciado, como si tuviera tanto que transmitir y no encontrara la forma adecuada de expresarse. Fue entonces que en esa misma inconciencia nombró a su propia musa, en busca de su ayuda para poder salir de allí.

Pocos artistas realmente pueden saber cómo encontrar a sus musas, ellas llegan o se van cuando se les antoja, son quienes deciden cuando es tiempo y si estos merecen que ellas los acompañen.

 Una mañana sombría la musa apareció vagando en los jardines florales cercanos de su casa, mientras él se asomaba por la ventana para iluminar su estudio de trabajo. Su belleza era tan hipnotizante que al escritor le pareció sorprendente que nadie más pudiese mirarla, lucía como el rocío matutino después de una tormenta, tan refrescante como si despejara la mente de cualquier ser aprisionado en sus adentros. Ella bailaba y cantaba una tenue melodía al transcurrir de los días y, al mismo tiempo, le coqueteaba al escritor desde lejos, esperando su llamado. No fue hasta tiempo después que descubrió que, para atraer a la musa, había de conocerla primero, enamorarse de ella y conquistarla. De lo contrario ¿cómo amaría entonces escribir sus ideas?

            Si yo fuera aquel escritor, le recomendaría que utilice sus más grandes habilidades como artista o filólogo, no importa si en el intento parece torpe o sus juicios son incoherentes. Algo en usted tendrá que ver la musa, pero solo si es la indicada. En el caso de nuestro escritor, tuvo que armarse de valor para dirigir unas palabras a su musa.

Cuando se armó de valor para acercarse a ella y hablarle, sus nervios eran casi incontrolables cada vez que él pensaba en ordenar las frases adecuadas, pues observarla era como si todas las ideas especiales cayeran cual lluvia abrazadora y eso le impedía pensar coherentemente. Sin embargo, la musa apreciaba los detalles no en las palabras del escritor, sino en sus expresiones: verlo temblar de nervios, tartamudear o incluso ver sus tropiezos al caminar por vagar en sus pensamientos. Eso fue algo que, sorprendentemente… la encantó.

            Tras haberla conquistado, salga con ella, discuta, encuentre sus peores defectos y sígala amando. En respuesta recibirá ese mismo afecto incondicional. Será su mayor compañía inspiracional y finiquitará todas esas inseguridades al escribir. Confíe en ella.

            A veces la musa no entendía cómo es que aquel escritor encontraba la manera de atrapar su atención pues, aunque ella fuese parte de su inspiración no siempre se encontraban de acuerdo. Cuando ella pensaba en fomentar una nueva idea o inspirar al escritor a través de nuevas experiencias para el escritor, este sin duda encontraba objeciones para detenerse o simplemente descartar las propuestas. Pero esto no era porque el escritor no quisiera o hiciera de menos las sugerencias de su musa, para aquel humano ella era completamente perfecta y con ello todo lo que surgiera de su relación, solo que a veces no sabía si él podría ser digno.

El escritor tenía miedo, aunque se tratara de un joven con poca habilidad para hablar o incluso carisma para tratar con las demás personas que se le cruzaran, tenía algo en su mirada que solo la musa supo apreciar mientras pasaban tiempo juntos: él tenía sueños. Esa mirada fue la misma que le hizo entender a la musa su hacer. Si bien el escritor apreciaba la vida y la muerte, así como los misterios que pudiese aguardar el universo y la propia realidad. Su mayor miedo era que aquellos sueños relacionados a sus historias, sus mundos entre letras, no pudiesen ser realidad como él lo esperaría; por eso aun no escribía.

La musa, por su parte, desarrolló una habilidad que le permitiría proyectar los sueños del escritor para guiarlo de tal manera que, cuando este quisiera escribir, hacer o experimentar las probabilidades de una historia, la musa lo escucharía y entonces ambos verían a través de esa ventana suya aquellos posibles caminos, como si de una puesta en escena se tratara. Muchas veces ellos reían o lloraban conforme presenciaban los sueños que ahora ambos construían, pero no dejaban de fascinarse con todo aquello que podían crear con tan solo unas cuantas posibilidades.

            Para culminar su unión sea uno solo con la musa, sean amantes día y noche. Conozca sus más profundos secretos, deleite el aroma de su piel, sus reacciones cuando usted se encuentra cerca y su voz meditabunda mientras ella percibe su respiración de cerca. Demuéstrele que existe esa complicidad entre ustedes. De toda esta relación entre usted y su musa es de esperar que existan consecuencias donde se puedan percibir los primeros frutos, pues la musa habrá tenido la oportunidad de sembrar en su artista una idea detonante para una nueva creación. Se han presentado casos en los que las musas saben cuándo sus escritores están a punto de escribir por completo su historia cuando esa idea comenzará a dar frutos. Cada una se da de diferente manera y, en el caso de nuestro escritor, esta apareció de manera repentina, misma que con el paso de las horas obtuvo también sus efectos secundarios…

Un día otoñal, desde el amanecer hasta el atardecer, el escritor sintió de primera mano un fuerte dolor de cabeza que siguió hasta sus hombros, pecho y estómago. Si bien no era la primera vez que él sintiera aquellos dolores, si era la primera en la cual todos ellos se unían como si quisieran destruirlo, como si algo dentro de él quisiera explotar. El escritor no quedó más confundido y preocupado hasta que se encontró aquella tarde con su musa, de quien esperaba una reacción similar, pero cuando ella vio el estado en el cual se encontraba generó una estruendosa carcajada tan sonora que por unos instantes nuestro pobre escritor se olvidó de aquellos malestares.

Aunque no fue por mucho tiempo, la musa se contuvo para explicar a su amado el motivo de su estado, pues aquella persona no solo había presentado tales dolores musculares por sí solos, sino que había quedado completamente hinchado como si de un globo se tratara. Desde las extremidades hasta el estómago y cabeza el escritor aumentaba su masa corporal constantemente al punto de no permitirle movimiento alguno más que el de sus manos, sin embargo, aunque fuese tan notorio en el exterior, lo único que este percibía eran esos grandes dolores y le rogaba a su musa para encontrar una solución.

-Solo tienes que escribir -Fueron sus palabras acompañadas de una sonrisa cálida.

Sin discutirle, sin dudar de ella y sintiendo un leve susurro en su interior, el escritor por fin llegó a su escritorio para enfrentarse, con solo un bolígrafo en mano, a aquel bloqueo que lo mantenía perdido en un limbo. Su musa, entonces permaneció a su lado, sin decir una sola palabra para admirar a su escritor, montando guardia por si aquel trataba de escapar de su destino. Aunque él confiara en ella e hiciera lo que ella pedía, él aún podía desistir y enloquecer en el proceso.

Las musas son puentes, conexiones que provocan un vínculo entre el artista y el mundo de las ideas. Cuando un humano logra surcar las aguas de aquel extraño lugar, no puede navegar por tanto tiempo, la única manera de salir es regresar a su mundo a través de sus creaciones; si bien el mundo de las ideas no es un lugar físico al cual podrían llegar, perder su mente en el proceso puede ser el peor riesgo mientras se hunden en las tormentas salvajes, y nuestro escritor se encuentra en una de ellas llenándose de agua internamente.

             Por un momento el escritor miró las hojas de su cuaderno y le parecieron la cosa más terrible que el pudiese haber visto en toda su vida, las odio con todas sus fuerzas que ni siquiera pensó o meditó cuales serían las palabras que escribiría. Las palabras se unían en frases, las frases en oraciones y párrafos hasta llegar a consumir esas páginas atroces, lo estaba haciendo y ni siquiera sabía cómo lo hacía solo que si se detenía ellas podrían ganar la batalla en contra de sus mismas palabras. A ratos miraba por sus espaldas, suspirando por su musa y cómo ella le respondía con otra terna mirada, aclamando su trabajado sin decir palabra alguna.

            La musa sabía que su escritor ya había entrado a una especia de trance, que nadie más podría romper hasta que él lo decidiera, ella incluso sentía que cuando su amado la miraba era simplemente para tomar fuerzas y no detenerse hasta terminar todo aquello que se propusiera a escribir. Pese a ser un ente de otro mundo, la musa no dejaba de ser tan humana al preocuparse y tener una extrema curiosidad por lo que su escritor pudiese estar creando en esos instantes; cuando lo miraba sabía que él se encontraba viviendo su historia, soñaba despierto y, sin ayuda de aquella visión que alguna vez ella le brindó, veía algo mas que simples letras en un papel.

            Si el artista ha superado la tormenta y comenzado a crear, es natural que tarde el tiempo que deba ser necesario, algunos solo necesitan de unas cuantas horas y otros a veces de días o meses, lo más importante es que se han atrevido a dar el primer paso. La musa al mismo tiempo habrá terminado su primer trabajo, tras haberlo cumplido solo queda en cada una la decisión de acompañar a su artista

 hasta el final o despedirse sin previo aviso. Algo que, deseo de todo corazón, no suceda.

Los siguiente que recomiendo, se encuentre a su lado la musa o no, será pulir la obra en cuestión: si se trata de un escrito u obra literaria, el escritor en turno deberá pues realizar un proceso de edición y preparación del texto. Véalo entonces como si fuera su propio hijo o mascota, alguien a quien usted debe educar, pero no debe soltar hasta que se encuentre listo para enfrentar el mundo exterior y demostrar de lo que es capaz de provocar en sus lectores.

Pasaron varios días de arduo trabajo en los que el escritor sobrevivió a base de café con pan e insomnio, hasta que finalmente se levantó de su escritorio y se dirigió a su musa. Sin embargo, ella había desaparecido minutos antes de que el escritor se levantara de su escritorio, justo en el momento donde él se encontraba escribiendo las últimas palabras de su obra. Cuando se dio cuenta de aquella desaparición, ya era tarde. El escritor no tenía idea de dónde pudiese estar y preguntas como “¿a dónde había ido?” o “¿por qué se fue tan de repente?” retumbaban en su mente para poder encontrarla. ¿Hizo algo mal para que ella se fuera? Por momentos pensaba que la había descuidado mientras escribía, también que quizá su obra no valía la pena como para ser leído y que ella lo sabía…pero algo en su interior también le decía que quizá no era así, quizá algún día la volvería a ver.

A punto de sumergirse de nuevo en una tormenta que lo hundiría en la plena decepción, el escritor recurrió a lo único que le quedaba de su musa: los recuerdos que había formado con ella y en los cuales se encontraban las primeras raíces de su obra. Pesaba en demostrarle, no solo a su musa sino al mundo entero, que valía la pena escribir y seguir contando historias justo como ella le hizo ver.

Fue entonces cuando decidió llamar a su editor de confianza para comenzar a preparar la publicación de su obra. Ciertamente aquella acción provocó que su estado de ánimo surgiera de nuevo tras el estado de perdida en el que aún se encontraba, puesto que con un nuevo trabajo en equipo se dedicó por completo a su obra para poder compartirla a los nuevos lectores en cuestión de tiempo. Aunque siguiera sin saber algo de su musa, el escritor por momentos sentía que con aquel trabajo de edición y futura publicación la podría mantener cerca de su corazón. Quizá ella pueda leer sus palabras…

            Si usted ha llegado a este punto lo felicito, su obra ha sido terminada por completo. No se preocupe por las críticas o los análisis de esta, lo importante es que lo ha hecho usted con todo el esfuerzo que implica y la ayuda que recibió de su musa. Cabe solo recordarle que las musas aparecen únicamente cuando el artista realmente vale la pena y este puede apreciar con claridad el arte que ellas pueden compartirle. Si una musa ha llegado a su ventana siéntase afortunado, ella le ha dado su corazón y alma sin dudar pues ha visto algo especial en usted.

            Cuando las musas se alejan no lo hacen para desaparecer, sino para enseñarles a los artistas que pueden vivir sin ellas, a pesar de su ayuda, y que no deben depender de ellas para seguir creando. Pues el ingenio y creatividad no se genera por ellas o lo crean ellas, simplemente son quienes dan el pequeño gran empujón a su artista. Es cuestión de cada una si regresa, algunas buscan su vida en rumbos distintos y otras deciden permanecer con su único artista, para morir y vivir con él; al final de todo, ellas siempre deciden. Lo único que todo artista puede hacer, es esperar.

La obra de nuestro escritor había sido publicada, exitosamente leída alrededor del mundo y aclamada por la crítica. Valió la pena su escritura. Y aunque ella no se encontrara cerca de él, por momentos imaginaba cómo es que leía esa misma obra, quizá sintiéndose orgullosa del resultado. Solo por eso decidió seguir escribiendo y de pronto todo lo que no se había atrevido a escribir se plasmó con una facilidad instantánea. Siguió llenando cada página de toda libreta que llegaba a sus manos, siguió hasta vaciar por completo todas aquellas grandes ideas que rondaron por su mente durante eternidades.

Siguió escribiendo hasta que, una mañana sombría, ella apareció como el rocío aplacador después de la tormenta. Después de tanto tiempo esperandola, ella finalmente lo elogió a él.