El
amante de la musa
Hace falta indicar que el acto de creación no nace solo con
tener a la musa del lado, susurrando al oído, la situación se puede dar de
múltiples maneras. He aquí una pequeña historia que podría servirle de ejemplo
al lector, por si este desea alguna vez encontrarse con alguna de ellas:
Érase
una vez un escritor que vivía no más lejos de los confines de su pequeño y gran
mundo inconsciente. Este mundo se encontraba oculto incluso para él mismo,
provocando que se sintiera perdido y desahuciado, como si tuviera tanto que transmitir y no encontrara la forma adecuada de expresarse. Fue entonces que en esa misma inconciencia nombró a su propia musa, en busca de su ayuda para poder
salir de allí.
Pocos artistas realmente pueden
saber cómo encontrar a sus musas, ellas llegan o se van cuando se les antoja,
son quienes deciden cuando es tiempo y si estos merecen que ellas los
acompañen.
Una mañana sombría la musa apareció vagando en
los jardines florales cercanos de su casa, mientras él se asomaba por la
ventana para iluminar su estudio de trabajo. Su belleza era tan hipnotizante
que al escritor le pareció sorprendente que nadie más pudiese mirarla, lucía
como el rocío matutino después de una tormenta, tan refrescante como si
despejara la mente de cualquier ser aprisionado en sus adentros. Ella bailaba y
cantaba una tenue melodía al transcurrir de los días y, al mismo tiempo, le
coqueteaba al escritor desde lejos, esperando su llamado. No fue hasta tiempo
después que descubrió que, para atraer a la musa, había de conocerla primero,
enamorarse de ella y conquistarla. De lo contrario ¿cómo amaría entonces
escribir sus ideas?
Si yo fuera aquel escritor, le recomendaría
que utilice sus más grandes habilidades como artista o filólogo, no importa si
en el intento parece torpe o sus juicios son incoherentes. Algo en usted tendrá
que ver la musa, pero solo si es la indicada. En el caso de nuestro escritor,
tuvo que armarse de valor para dirigir unas palabras a su musa.
Cuando
se armó de valor para acercarse a ella y hablarle, sus nervios eran casi
incontrolables cada vez que él pensaba en ordenar las frases adecuadas, pues
observarla era como si todas las ideas especiales cayeran cual lluvia
abrazadora y eso le impedía pensar coherentemente. Sin embargo, la musa
apreciaba los detalles no en las palabras del escritor, sino en sus
expresiones: verlo temblar de nervios, tartamudear o incluso ver sus tropiezos
al caminar por vagar en sus pensamientos. Eso fue algo que, sorprendentemente…
la encantó.
Tras haberla conquistado, salga con ella,
discuta, encuentre sus peores defectos y sígala amando. En respuesta recibirá
ese mismo afecto incondicional. Será su mayor compañía inspiracional y
finiquitará todas esas inseguridades al escribir. Confíe en ella.
A
veces la musa no entendía cómo es que aquel escritor encontraba la manera de
atrapar su atención pues, aunque ella fuese parte de su inspiración no siempre
se encontraban de acuerdo. Cuando ella pensaba en fomentar una nueva idea o
inspirar al escritor a través de nuevas experiencias para el escritor, este sin
duda encontraba objeciones para detenerse o simplemente descartar las
propuestas. Pero esto no era porque el escritor no quisiera o hiciera de menos
las sugerencias de su musa, para aquel humano ella era completamente perfecta y
con ello todo lo que surgiera de su relación, solo que a veces no sabía si él
podría ser digno.
El
escritor tenía miedo, aunque se tratara de un joven con poca habilidad para
hablar o incluso carisma para tratar con las demás personas que se le cruzaran,
tenía algo en su mirada que solo la musa supo apreciar mientras pasaban tiempo
juntos: él tenía sueños. Esa mirada fue la misma que le hizo entender a la musa
su hacer. Si bien el escritor apreciaba la vida y la muerte, así como los
misterios que pudiese aguardar el universo y la propia realidad. Su mayor miedo
era que aquellos sueños relacionados a sus historias, sus mundos entre letras,
no pudiesen ser realidad como él lo esperaría; por eso aun no escribía.
La
musa, por su parte, desarrolló una habilidad que le permitiría proyectar los
sueños del escritor para guiarlo de tal manera que, cuando este quisiera
escribir, hacer o experimentar las probabilidades de una historia, la musa lo
escucharía y entonces ambos verían a través de esa ventana suya aquellos posibles
caminos, como si de una puesta en escena se tratara. Muchas veces ellos reían o
lloraban conforme presenciaban los sueños que ahora ambos construían, pero no
dejaban de fascinarse con todo aquello que podían crear con tan solo unas
cuantas posibilidades.
Para culminar su unión sea uno solo con la
musa, sean amantes día y noche. Conozca sus más profundos secretos, deleite el
aroma de su piel, sus reacciones cuando usted se encuentra cerca y su voz
meditabunda mientras ella percibe su respiración de cerca. Demuéstrele que
existe esa complicidad entre ustedes. De toda esta relación entre usted y su
musa es de esperar que existan consecuencias donde se puedan percibir los
primeros frutos, pues la musa habrá tenido la oportunidad de sembrar en su
artista una idea detonante para una nueva creación. Se han presentado casos en
los que las musas saben cuándo sus escritores están a punto de escribir por
completo su historia cuando esa idea comenzará a dar frutos. Cada una se da de
diferente manera y, en el caso de nuestro escritor, esta apareció de manera
repentina, misma que con el paso de las horas obtuvo también sus efectos
secundarios…
Un
día otoñal, desde el amanecer hasta el atardecer, el escritor sintió de primera
mano un fuerte dolor de cabeza que siguió hasta sus hombros, pecho y estómago.
Si bien no era la primera vez que él sintiera aquellos dolores, si era la
primera en la cual todos ellos se unían como si quisieran destruirlo, como si
algo dentro de él quisiera explotar. El escritor no quedó más confundido y
preocupado hasta que se encontró aquella tarde con su musa, de quien esperaba
una reacción similar, pero cuando ella vio el estado en el cual se encontraba
generó una estruendosa carcajada tan sonora que por unos instantes nuestro
pobre escritor se olvidó de aquellos malestares.
Aunque
no fue por mucho tiempo, la musa se contuvo para explicar a su amado el motivo
de su estado, pues aquella persona no solo había presentado tales dolores
musculares por sí solos, sino que había quedado completamente hinchado como si
de un globo se tratara. Desde las extremidades hasta el estómago y cabeza el
escritor aumentaba su masa corporal constantemente al punto de no permitirle
movimiento alguno más que el de sus manos, sin embargo, aunque fuese tan
notorio en el exterior, lo único que este percibía eran esos grandes dolores y
le rogaba a su musa para encontrar una solución.
-Solo
tienes que escribir -Fueron sus palabras acompañadas de una sonrisa cálida.
Sin
discutirle, sin dudar de ella y sintiendo un leve susurro en su interior, el
escritor por fin llegó a su escritorio para enfrentarse, con solo un bolígrafo
en mano, a aquel bloqueo que lo mantenía perdido en un limbo. Su musa, entonces
permaneció a su lado, sin decir una sola palabra para admirar a su escritor, montando
guardia por si aquel trataba de escapar de su destino. Aunque él confiara en
ella e hiciera lo que ella pedía, él aún podía desistir y enloquecer en el
proceso.
Las musas son puentes, conexiones
que provocan un vínculo entre el artista y el mundo de las ideas. Cuando un
humano logra surcar las aguas de aquel extraño lugar, no puede navegar por
tanto tiempo, la única manera de salir es regresar a su mundo a través de sus
creaciones; si bien el mundo de las ideas no es un lugar físico al cual podrían
llegar, perder su mente en el proceso puede ser el peor riesgo mientras se
hunden en las tormentas salvajes, y nuestro escritor se encuentra en una de
ellas llenándose de agua internamente.
Por un momento el escritor miró las hojas de
su cuaderno y le parecieron la cosa más terrible que el pudiese haber visto en
toda su vida, las odio con todas sus fuerzas que ni siquiera pensó o meditó
cuales serían las palabras que escribiría. Las palabras se unían en frases, las
frases en oraciones y párrafos hasta llegar a consumir esas páginas atroces, lo
estaba haciendo y ni siquiera sabía cómo lo hacía solo que si se detenía ellas
podrían ganar la batalla en contra de sus mismas palabras. A ratos miraba por
sus espaldas, suspirando por su musa y cómo ella le respondía con otra terna
mirada, aclamando su trabajado sin decir palabra alguna.
La
musa sabía que su escritor ya había entrado a una especia de trance, que nadie
más podría romper hasta que él lo decidiera, ella incluso sentía que cuando su
amado la miraba era simplemente para tomar fuerzas y no detenerse hasta
terminar todo aquello que se propusiera a escribir. Pese a ser un ente de otro
mundo, la musa no dejaba de ser tan humana al preocuparse y tener una extrema
curiosidad por lo que su escritor pudiese estar creando en esos instantes;
cuando lo miraba sabía que él se encontraba viviendo su historia, soñaba
despierto y, sin ayuda de aquella visión que alguna vez ella le brindó, veía
algo mas que simples letras en un papel.
Si el artista ha superado la tormenta y comenzado a crear, es natural que tarde el tiempo que deba ser necesario, algunos solo necesitan de unas cuantas horas y otros a veces de días o meses, lo más importante es que se han atrevido a dar el primer paso. La musa al mismo tiempo habrá terminado su primer trabajo, tras haberlo cumplido solo queda en cada una la decisión de acompañar a su artista
hasta el final o despedirse sin
previo aviso. Algo que, deseo de todo corazón, no suceda.
Los siguiente que recomiendo, se
encuentre a su lado la musa o no, será pulir la obra en cuestión: si se trata
de un escrito u obra literaria, el escritor en turno deberá pues realizar un
proceso de edición y preparación del texto. Véalo entonces como si fuera su
propio hijo o mascota, alguien a quien usted debe educar, pero no debe soltar
hasta que se encuentre listo para enfrentar el mundo exterior y demostrar de lo
que es capaz de provocar en sus lectores.
Pasaron
varios días de arduo trabajo en los que el escritor sobrevivió a base de café
con pan e insomnio, hasta que finalmente se levantó de su escritorio y se
dirigió a su musa. Sin embargo, ella había desaparecido minutos antes de que el
escritor se levantara de su escritorio, justo en el momento donde él se
encontraba escribiendo las últimas palabras de su obra. Cuando se dio cuenta de
aquella desaparición, ya era tarde. El escritor no tenía idea de dónde pudiese
estar y preguntas como “¿a dónde había ido?” o “¿por qué se fue tan de
repente?” retumbaban en su mente para poder encontrarla. ¿Hizo algo mal para
que ella se fuera? Por momentos pensaba que la había descuidado mientras
escribía, también que quizá su obra no valía la pena como para ser leído y que
ella lo sabía…pero algo en su interior también le decía que quizá no era así,
quizá algún día la volvería a ver.
A
punto de sumergirse de nuevo en una tormenta que lo hundiría en la plena
decepción, el escritor recurrió a lo único que le quedaba de su musa: los
recuerdos que había formado con ella y en los cuales se encontraban las
primeras raíces de su obra. Pesaba en demostrarle, no solo a su musa sino al
mundo entero, que valía la pena escribir y seguir contando historias justo como
ella le hizo ver.
Fue
entonces cuando decidió llamar a su editor de confianza para comenzar a
preparar la publicación de su obra. Ciertamente aquella acción provocó que su
estado de ánimo surgiera de nuevo tras el estado de perdida en el que aún se
encontraba, puesto que con un nuevo trabajo en equipo se dedicó por completo a
su obra para poder compartirla a los nuevos lectores en cuestión de tiempo.
Aunque siguiera sin saber algo de su musa, el escritor por momentos sentía que
con aquel trabajo de edición y futura publicación la podría mantener cerca de
su corazón. Quizá ella pueda leer sus palabras…
Si usted ha llegado a este punto lo
felicito, su obra ha sido terminada por completo. No se preocupe por las
críticas o los análisis de esta, lo importante es que lo ha hecho usted con
todo el esfuerzo que implica y la ayuda que recibió de su musa. Cabe solo
recordarle que las musas aparecen únicamente cuando el artista realmente vale
la pena y este puede apreciar con claridad el arte que ellas pueden
compartirle. Si una musa ha llegado a su ventana siéntase afortunado, ella le
ha dado su corazón y alma sin dudar pues ha visto algo especial en usted.
Cuando las
musas se alejan no lo hacen para desaparecer, sino para enseñarles a los
artistas que pueden vivir sin ellas, a pesar de su ayuda, y que no deben
depender de ellas para seguir creando. Pues el ingenio y creatividad no se genera
por ellas o lo crean ellas, simplemente son quienes dan el pequeño gran empujón
a su artista. Es cuestión de cada una si regresa, algunas buscan su vida en
rumbos distintos y otras deciden permanecer con su único artista, para morir y
vivir con él; al final de todo, ellas siempre deciden. Lo único que todo
artista puede hacer, es esperar.
La
obra de nuestro escritor había sido publicada, exitosamente leída alrededor del
mundo y aclamada por la crítica. Valió la pena su escritura. Y aunque ella no
se encontrara cerca de él, por momentos imaginaba cómo es que leía esa misma
obra, quizá sintiéndose orgullosa del resultado. Solo por eso decidió seguir
escribiendo y de pronto todo lo que no se había atrevido a escribir se plasmó
con una facilidad instantánea. Siguió llenando cada página de toda libreta que
llegaba a sus manos, siguió hasta vaciar por completo todas aquellas grandes
ideas que rondaron por su mente durante eternidades.
Siguió
escribiendo hasta que, una mañana sombría, ella apareció como el rocío aplacador
después de la tormenta. Después de tanto tiempo esperandola, ella finalmente lo
elogió a él.

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